Por razones de salud pública, para mantener el recuerdo del difunto, para facilitar el trabajo de la justicia, alrededor de la muerte y sus ritos hay una floreciente y sofisticada industria que da miles de empleos.-
Los empleos que generan los ritos funerarios se han caracterizado por supersticiones y juicios de valor contra quienes los desempeñan. Pero más que una cuestión mística, ética o sentimental, el trabajo en la industria de la muerte es una necesidad básica de la sociedad.
Como cualquier otro sector de la economía, el de la muerte responde a una demanda específica, relacionada con la salud pública: el tratamiento de restos humanos, ya que si no se hiciera de manera adecuada, habría consecuencias para la integridad de quienes siguen vivos.
Para responder a dicha demanda, existe una cadena de empleos que se encarga directamente del tratamiento y disposición de los restos humanos, como tanatólogos, personal de hornos crematorios, sepultureros, personal administrativo de funerarias y médicos forenses, entre otros.
También existen oficios que surgen de los aspectos culturales de los ritos ceremoniales de la muerte: floristas, escultores de lápidas, acompañantes exequiales, y músicos son algunos de ellos.
Un gremio en crecimiento
Según estudios realizados en el 2008 por la Federación Nacional de Comerciantes –Fenalco–, en Colombia, la prestación de servicios post- muerte se ha convertido en una de las actividades económicas de mayor desarrollo, con un aporte a la economía equivalente a 350 mil millones de pesos en el producto interno bruto (PIB), en los últimos tres años.
Por otra parte, según Fenalco, seccional Bogotá, la muerte genera en el país alrededor de 30 mil empleos, entre directos e indirectos, la mayoría concentrados en Cundinamarca y Antioquia, distribuidos en casas funerales, parques cementerios, aseguradoras, organismos del Estado, instituciones educativas y personal independiente.
Una cifra que sustenta la dinámica económica de este sector en el país es la del número de defunciones no fetales en el territorio nacional, que registró 145.977 fallecimientos en el 2008, según el Departamento Administrativo Nacional de Estadística –DANE-
Conforme a la Federación, a nivel nacional, existen 575 funerarias que le dan cubrimiento a 1.268 puntos de atención, incluidos 1.120 municipios en todo el país. El diez por ciento de estas organizaciones cuentan con certificación de calidad de servicio y gestión ambiental.
Además, acorde con Fenalco, el país tiene 38 parques cementerios, (lugares de tumbas dispersas en grandes jardines), en todo el territorio, únicamente el 30 por ciento esta certificado. Sin embargo, los 700 campos santos, (necrópolis con mausoleos y lápidas mezcladas en diversos pabellones), municipales y privados, aún se encuentran en etapas previas para conseguir certificados de calidad.
En relación con las prácticas de inhumación (entierro de cadáveres) y cremación en la capital antioqueña, Fenalco reveló que las primeras cubrieron el 31%, mientras que la cremación el 69%. Medellín es la segunda ciudad en Latinoamérica con más personas cremadas al año, afirma Juan Diego Vallejo, gerente empresarial de la Funeraria Prever
Trabajos generados por la muerte
El trabajo en la industria de la muerte se podría clasificar en dos categorías, manifiesta Juan Luis Ángel Cárdeno, economista de la Universidad Nacional. La primera, la conforman los empleos informales, los subempleos y los trabajos de rebusque diario. La segunda, es conformada por los empleos formales, personas que trabajan en organizaciones legalmente constituidas mediante un contrato a término definido.
En los trabajos indirectos se encuentran los caballeros de cortejo fúnebre, (indirectos en casas funerales) y los floristas en las afueras de parques cementerios. Los empleos formales son los directores de las funerarias, el personal de los hornos crematorios, los sepultureros y los docentes de medicina.
En un cortejo fúnebre, el traje de Óscar Andrés Arcila Vargas, acompañante exequial de la Funeraria San Vicente, está ajustado al cuerpo y su pañuelo personal es enjuagado por lágrimas ajenas. Él sólo piensa en la muerte como un trabajo: “Es muy difícil vivir tan cerca del sufrimiento de las personas ante la ausencia de sus seres queridos, pero este es mi trabajo y debo ponerme en el lugar de ellos, brindándoles siempre un entorno de respeto y tranquilidad”, comenta Arcila Vargas.
Sin embargo, “no hay tiempo para pensar en sentimientos, solo en brindar un buen servicio a las familias y también para hacer las cuentas del día” como lo expresa Óscar, quien está satisfecho con su trabajo y la buena remuneración que recibe. “Trabajo de acuerdo con los servicios que se presenten en una quincena y dependiendo de esto es mi pago; por ejemplo, en septiembre realicé 20 servicios y 30 traslados. Mi sueldo fue de 900 mil pesos”.
Esfuerzo y sudor, a la espera de una buena recompensa
Al aire libre, las flores y los listones asemejan el jardín del Edén y las cicatrices llenan las manos de Pedronel Gómez Quintero, quien las corta o las prepara. Compitiendo entre una diversidad cromática y las formas decorativas de sus plantas con las del vecino. En búsqueda de visitantes del Cementerio Universal.
Pedronel Gómez Quintero asegura que la demanda por los servicios es desmesurada y “las grandes organizaciones tratando de ser diferentes la una de la otra, abarcan el mayor número de asistencias exequiales, incluyendo la venta de flores en sus negocios. Así pronto estaremos en la miseria si no hacemos nada”, dice quintero.
Máquinas de empleo
“La muerte es sinónimo de rentabilidad, porque siempre será un negocio que generará más empleos y son miles de personas las que nos beneficiamos de ella. Pero es importante resaltar que el negocio formal de la muerte no es fácil”, comenta Juan Diego Vallejo Mejía.
En esta industria, la funeraria Prever, una marca integrada por cuatro firmas, genera alrededor de 400 empleos directos y “en el año puede facturar cerca de 20 mil millones de pesos”, concluye Vallejo.
Por su parte, el director de la funeraria San Vicente, sede Medellín, Luis Fernando Arango Madrid, habla de cifras de su organización: “En nuestra empresa, 193 empleos corresponden al área administrativa, logística y técnica, 55 más son temporales y 60 el personal sin experiencia laboral, jóvenes estudiantes, a los cuales se les brinda todo tipo de inducciones y facilidades labores”.
El calor del horno y la humedad de las bóvedas
Carlos Mario Rendón y Jaime Alberto Suárez comparten la misma historia, ambos son trabajadores con contrato a término definido del Cementerio San Pedro. Quizás por la misma razón de muchos otros, a quienes la muerte les da la oportunidad de tener un sustento económico. “La necesidad me llevó a hacer parte de este negocio. Estaba desesperado, pues en la casa había muchas dificultades económicas”, expresa Rendón.
De igual manera, para este hombre que trabaja en los hornos crematorios, el trabajo es su razón de ser en la vida: “Lo más importante es que me da para darles una educación, salud y vivienda a mis hijos. Una gran recompensa por aguantar el calor infernal del lugar”.
Por su parte, para Jaime Alberto, sepulturero, un hombre de pocas palabras, “todo es cuestión de costumbre, uno se da cuenta de que este es un trabajo normal. Hay que ser muy fuerte para lidiar con la humedad de las tumbas”.
Todo por la educación
En la academia, el formol, al transcurrir el tiempo, termina preservando la carne de Marco Tulio Giraldo Montes, auxiliar de necropsias en la Universidad de Antioquia. Su cara está llena de salpicaduras provenientes de líquidos extraños y el hedor de los cuerpos inertes es para él tan común como cualquiera otro.
“Antes sentía fastidio; cada vez que diseccionaba un cadáver, iba a casa por la noche y me bañaba hasta tres veces”, dice tulio. Ahora, después de cuatro décadas de enseñanza, reconoce que “si me dan de comer eso, hasta me lo como”, concluye en broma. Él ha dedicado más de 30 años a enseñar la disección de cadáveres en el recinto académico a más de la mitad de los médicos de Medellín.
En la mesa de disecciones, en la floristería informal, acompañando a los dolientes o gestionando un informe pericial. En todos estos lugares alguien trabaja cerca de la muerte, un oficio que termina siendo vital para los vivos.
Por: Nataly Gòmez Corrales y
Juan Carlos Garcìa Tobòn